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Parte de mi trabajo como editor de Argencello es acompañar a la comunidad de cuerdas — y eso incluye, a veces, decir cosas que quizás no sean tan bonitas. Esta es una de esas veces.
Durante años, un taller de Pergamino que identificaremos por sus iniciales, D.Y., operó como una firma que se publicitaba como una de las que más contrabajos vendía en el país. Tenían página web, salieron en programas de televisión y sus contrabajos —construidos por quien se definía a sí mismo como luthier— circularon bastante en el ambiente. Si bien eran bastante poco convencionales o hasta amateur en su operación, estaban presentes en todas las vidrieras virtuales más utilizadas. Se compraban por su bajísimo precio, justificado por el uso de maderas no convencionales y enchapados. El problema empezó cuando extendieron esa producción a los violonchelos.
Hace unos años recibí un llamado de parte del taller, ofreciéndome enviarme uno de sus cellos para que lo probara y les diera mi opinión. Acepté, con curiosidad genuina. Al día siguiente llegó un auto y me entregaron el instrumento, envuelto en una funda de arpillera con forma vagamente de guitarra. Lo que tenía enfrente era una caja de madera con la silueta aproximada de un cello, pero le faltaba todo lo que hace que un cello sea un cello: no tenía tacos internos, las volutas parecían talladas a los mordiscos, y la barra armónica —una pieza estructural fundamental para la resonancia del instrumento— directamente no existía o era tan minúscula que no tenía función real. El puente era bastante plano, en una madera que parecía sacada de un cajón de fruta. Clavijas? De guitarra o de bajo eléctrico, de metal y con engranajes. Las cuerdas eran poco más que alambre: fue materialmente imposible afinarlo a un tono normal, y las medidas del instrumento tampoco correspondían a las de un cello real. Era de un largo casi normal, pero no coincidía el mango con el lugar donde debe estar para lograr un tiro de cuerda correcto.

Le pregunté a mi interlocutora si su marido era carpintero. Me corrigió: “ebanista”. Le expliqué, con la mejor buena onda que pude, que un violonchelo no es carpintería ni ebanistería — es un oficio propio, con siglos de conocimiento acumulado sobre planos, proporciones, maderas y acústica, y que saber hacer guitarras (que también mencionó) no habilita a nadie a construir instrumentos de la familia del violín sin estudiar el oficio específicamente. Me preguntó que le recomendaba hacer, y le dije “Buscar un buen luthier y aprender”. La respuesta fue cortarme el teléfono. Al día siguiente vinieron a buscar el instrumento.
El luthier del taller falleció hace un tiempo, y existe un video homenaje circulando en YouTube que reconstruye su historia. Lo entiendo como gesto humano — pero vale aclarar que ese tipo de relatos suelen construirse desde el desconocimiento técnico de quienes los hacen, sin que nadie con formación en lutería haya evaluado realmente la calidad de lo que se producía. Que alguien haya vendido mucho no significa que haya construido bien: son cosas distintas, y en instrumentos de cuerda esa distinción es la que separa un objeto tocable de uno que no lo es.

Cuento esto ahora porque hace poco alguien de la comunidad contó que había comprado uno de estos instrumentos, desarmado, y que estaba por revenderlo sin saber lo que realmente tenía entre manos. No es la primera vez que me entero de instrumentos con esta procedencia circulando de segunda mano. Tuve que darle la lamentable noticia de que había comprado un mueble y no un cello.
También circula un video de alguien probando uno de estos instrumentos frente a cámara. A pesar de la calidad limitada del audio del teléfono, se nota un zumbido notoriamente sucio como sonido, y el instrumento desafina hacia el registro agudo — algo esperable cuando la medida de escala no respeta las proporciones estándar de un cello, sin importar la habilidad de quien lo esté tocando. Quien es grabado en el video logra sacarle algo de sonido, lo cual —a juzgar por mi propia experiencia con uno de estos instrumentos, que resultó directamente intocable— ya habla de cierta pericia de su parte más que de las condiciones del instrumento. El resultado general es opaco y sin proyección, más cercano al de una caja de embalaje con cuerdas que al de un instrumento de cuerda frotada, y confirma —esta vez de oído— lo que ya se veía por dentro: no hay barra armónica ni tacos que le den al instrumento la resonancia, amén de los enchapados utilizados, que no vibran.
Vale aclarar además que ni siquiera el buen aspecto externo es garantía: hay ejemplares de este taller con terminaciones un poco más prolijas, veta agradable a la vista (con maderas que no son buenas para el sonido) y barniz más o menos parejo en las fotos de venta, que escondían exactamente las mismas carencias estructurales por dentro. La falta de tacos y de barra armónica no se nota a simple vista — y es justamente por eso que esta advertencia vale la pena.
Cómo protegerte al comprar un cello de segunda mano
- Sin tacos internos ni barra armónica visibles. Pedí ver el interior del instrumento con una linterna por las efes; sin refuerzos estructurales, no es un instrumento funcional. Los ángulos de las curvas tienen que tener una madera que se llama “taco” y que es un encaje perfecto que les da resistencia.
- Volutas irregulares, con surcos poco definidos o marcas de herramienta eléctrica. El tallado de una voluta es artesanal y deja un patrón reconocible, con un “ojo” central bien marcado. Si ves solamente círculos burdamente tallados y no un espiral perfecto (aunque en los instrumentos de autor son siempre distintos, y cada luthier desarrolla su estilo allí) sin dudas es uno de esos instrumentos.
- Puente casi plano o de madera inadecuada. Debe tener curvatura pronunciada y estar hecho en arce de buena calidad.
- Ausencia de filete (purfling) en el borde de la tapa. Es un detalle tanto decorativo como estructural; su ausencia es señal de un instrumento de mala fabricación.
- Medidas atípicas. Un cello 4/4 tiene proporciones estandarizadas desde hace siglos; desviaciones marcadas hacen el instrumento intocable.
- Pedí siempre la opinión de un luthier o músico profesional antes de comprar, sobre todo si el vendedor no puede acreditar formación verificable en lutería, más allá de cuánto venda.
Si en la comunidad alguien tuvo una experiencia parecida, me pueden escribir a argencello@gmail.com.

Patricio Villarejo es violonchelista de la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina desde 1991. Fundó Argencello en 2008. Arreglador, editor y desarrollador autodidacta. Cree que la música tiene más para decir que lo que los conservatorios permiten.





