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Primero lo importante: Argentina le ganó 2 a 1 a Inglaterra y el domingo juega la final del Mundial contra España. Así que esto que sigue ya no es una curiosidad lejana de la industria del espectáculo: en el entretiempo del partido más importante que la Selección va a jugar en cuatro años, mientras medio país se muerde las uñas frente al televisor, va a haber una orquesta sinfónica tocando en el medio de la cancha. Nunca nuestro oficio y nuestro fútbol compartieron la misma pantalla en un momento así, y por eso vale la pena entender qué es exactamente lo que vamos a ver.
Este domingo 19 de julio, en el estadio MetLife de Nueva Jersey, va a pasar algo que no pasó nunca: en el entretiempo de la final de la Copa del Mundo, sobre una plataforma montada en el campo de juego, va a haber una orquesta sinfónica. Dos, en realidad. Gustavo Dudamel anunció que va a dirigir por primera vez juntas a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela y a la Filarmónica de Nueva York, en el primer show de medio tiempo de la historia de una final mundialista.
Once minutos exactos. Formato copiado del Super Bowl, producción de Global Citizen, Live Nation y Done + Dusted, curaduría musical de Chris Martin. En el mismo escenario: Shakira, Madonna, BTS, Justin Bieber, Burna Boy, Coldplay y el coro escolar PS22. Todo a beneficio del fondo educativo de la FIFA y Global Citizen, que busca recaudar cien millones de dólares.
Es decir: filas de cellos, violines y contrabajos frente a la audiencia televisiva más grande del planeta. Y acá es donde a los que vivimos de esto nos conviene frenar un segundo antes de elegir bando.
Lo que la final del Mundial le ofrece a una orquesta
Seamos honestos con los números, porque los números importan. Un chelista de fila de la Simón Bolívar o de la Filarmónica de Nueva York toca su temporada regular para salas de dos mil, tres mil personas. Buena parte de esos conciertos no se transmite, y cuando se transmite, la audiencia se mide en miles. El domingo, ese mismo chelista va a tocar once minutos para una audiencia que se estima en miles de millones de personas. No hay sala de conciertos, no hay disco, no hay gira que se acerque ni de lejos a esa exposición.
Para El Sistema venezolano, además, el momento tiene una carga particular. La Simón Bolívar no es una orquesta cualquiera: es el buque insignia de un proyecto de educación musical masiva que durante décadas fue el argumento favorito de todos los que defendemos la formación orquestal como herramienta social. Que esa orquesta suene en la final del Mundial, dirigida por el producto más famoso del propio Sistema, es un cierre de círculo difícil de ignorar. Y más todavía después de los terremotos que golpearon a Venezuela el 24 de junio: Dudamel ya anunció un concierto benéfico en el Hollywood Bowl con la Filarmónica de Los Ángeles para las víctimas, y dedicó su participación en la final a la resiliencia de su país.
Lo que conviene mirar con desconfianza
Ahora, la otra mitad del asunto. En esos once minutos, la orquesta no es el punto. El punto son Shakira, Madonna, BTS y Bieber. La orquesta entra al gran espectáculo como entra casi siempre que la invitan a estas fiestas: de acompañante de lujo, de textura, de decorado prestigioso que le da “clase” al producto. Nadie va a escuchar una frase completa de cuerdas el domingo. Van a escuchar un arreglo pop con cuerdas abajo, mezcladas para no molestar.
Y hay algo más incómodo todavía. La visibilidad no se traduce automáticamente en nada. Después del domingo, el pibe que vio la orquesta en el entretiempo no va a tener más escuelas de música en su barrio, ni la temporada de su orquesta local va a vender más abonos, ni los músicos de fila van a cobrar mejor. La industria del espectáculo global es buenísima tomando prestado el prestigio sinfónico por once minutos y devolviéndolo intacto, sin dejar nada en el camino. Lo vimos mil veces en escala chica —la orquesta contratada para el evento corporativo, para la publicidad, para el detrás de un cantante— y esto es lo mismo con un presupuesto delirante.
Los puristas del fútbol, mientras tanto, están furiosos por sus propias razones: el descanso se va a estirar hasta media hora, los jugadores se enfrían, y la BBC directamente planea no transmitir el show y quedarse con sus comentaristas analizando el primer tiempo, como se hizo siempre. Es un detalle sabroso: la cadena pública británica considera que el análisis táctico es más valioso que Madonna con orquesta. Cada uno defiende su oficio como puede.
¿Y a nosotros qué nos toca?
A los que tocamos en orquestas nos toca, creo, resistir las dos tentaciones fáciles. La primera es la celebración ingenua: “la música clásica llegó al Mundial, ganamos”. No ganamos nada todavía. La segunda es el desprecio automático: “esto es la degradación final del oficio”. Tampoco. Un músico de la Simón Bolívar tocando en la final del Mundial no está degradando nada: está trabajando, está visible, y está viviendo algo que va a contar el resto de su vida.
La pregunta real es otra, y es la de siempre: ¿quién captura el valor de esos once minutos? Si la respuesta es solamente la FIFA, Global Citizen y las carreras de los solistas pop, entonces fue decorado. Si algo de esa exposición se convierte en presupuesto, en programas de formación, en contratos, en la idea instalada de que una orquesta es algo vivo y no un adorno, entonces habrá valido la pena. El fondo educativo de cien millones de dólares es, al menos en el papel, un intento de que quede algo. Habrá que ver cuánto llega y adónde.
Mientras tanto, el domingo, cuando el árbitro pite el final del primer tiempo, en lugar de ir a buscar algo a la heladera, mirá la plataforma. Fijate dónde ponen a los cellos, cuánto se escuchan, cuántos segundos de cámara les dan. Esos detalles cuentan la historia verdadera de qué lugar ocupa nuestro oficio en la fiesta más grande del mundo. Y después contame si fue vidriera o decorado.

Patricio Villarejo es violonchelista de la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina desde 1991. Fundó Argencello en 2008. Arreglador, editor y desarrollador autodidacta. Cree que la música tiene más para decir que lo que los conservatorios permiten.





